Todos los días fallece alguien. Qué digo alguien, miles de personas exhalan su último aliento. Cada una de esas perdidas es irreparable, dolorosa, imposible de recuperar. Aunque no es así en todos los casos. Hay gente que, a la fuerza, permanece en la retina del tiempo, enredado en las marañas del día y de la noche.
José Saramago es una de esas personas atemporales. Un hombre de familia pobre. Campesino, tenía como única misión alimentar a los suyos. Hasta que un día quiso algo más -el ya sabía, por entonces, que había algo más-. no se conformó, y tiró, y luchó como lo hacen los perros de la calle por el mejor trozo de carne. Y lo consiguió.
¿Lo recordaremos por el nobel?, Por lo menos yo, no. Se ganó a la gente, a los suyos, hasta a sus enemigos se los ganó a pulso, como diríamos los españoles. Sus libros son ventanas abiertas a los excesos de los que adolece el alma de esta sociedad enferma de hoy, atiborrada, empachada de sucedáneos y dulces y, por otro lado, hambrienta de amor y de verdad.
Recordaré a Saramago, no como el primer escritor portugués que ganó el premio nobel -repito-… Si no como un luchador de cabo a rabo. Incansable un día y otro también. Trabajador, desde su nacimiento hasta que se fue; porque, ojo, se ha ido ahí al lado, al otro barrio, unos pasos más allá de este en el que vivimos. En un hasta pronto que, estoy seguro, nadie se atreverá a marcar en el tiempo.
Lo dicho Don José, hasta pronto.
Un abrazo,
A.
